sábado, 22 de octubre de 2016

Clásicos mutilados.

Desde que allá por los años 70, el argentino Waldo de los Ríos osara hacer "arreglos" en piezas musicales de Mozart y Manuel de Falla entre otros, llegó la moda de aprovechar la materia prima de los clásicos para tener el éxito asegurado.
El colmo de este músico fue que llegó a hacerle "arreglitos" nada menos que a Beethoven, como si al genio se le pudiera mejorar.
Quienes lo defendieron aseguraban que, así al menos, el gran público conocía a los clásicos, aunque lo que en realidad estaba conociendo eran clásicos mutilados por sus atrevidas manazas.
Esta corriente oportunista llegó también al mundo del teatro y la literatura, de modo que obras clásicas como Antígona, Guillermo Tell y muchas otras eran travestidas de modernismo obteniendo inmerecido éxito.
Por poner la guinda a lo que cuento, se me ocurre hacer un arreglo a aquél célebre poema de Lorca: La casada infiel. No sin antes aclarar que mi honesta intención es solo poner un ejemplo de lo que nunca se debe hacer.

Que yo me la llevé al río
creyendo que era mozuela
y resultó que era un tío
que por poco me la cuela.

Fue la noche de Santiago
y casi por compromiso
se apagaron los faroles
y se encendieron los grillos.

En las últimas esquinas
toqué su culo arrecido
y me obsequió con un pedo
que se me nubló el sentido.

Cuando mi mano llegó
hasta el borde de su nido
se tropezó con dos huevos
y un pájaro de gran pico

¡Ni osos ni puerco espines
tienen cutis tan maldito!
Ni tanto bello en las piernas
ni tanto rizo en su sitio.

Yo le obsequié dos patadas
donde la espalda, su sitio,
termina su honesto nombre
y no quise ser su amigo
pues me dijo ser mozuela
cuando la llevaba al río
y resultó ser un tío
que por poco me la cuela.

José María Algar